La ruptura generacional y los nuevos estilos de vida.

El cambio es y seguirá siendo una constante en la sociedad actual y en la realidad familiar no iba a ser menos. Poco tiene que ver el contexto familiar de los niños y adolescentes de hoy día con el que conocieron sus padres y abuelos.




Tradicionalmente el modelo de familia predominante era  patriarcal de tipo mediterráneo o romano, en el que el hombre era el que trabajaba y llevaba el dinero a casa mientras que la mujer se dedicaba a las tareas del hogar y criaba a los hijos. Los cambios sociales (que ya se han explicado en entradas anteriores), han revolucionado este modelo de familia. 





Actualmente la figura del padre y la madre son sustituidas por la figura del hombre y la mujer, quedando el proyecto de familia con hijos en un segundo plano. Este modelo familiar es el que se conoce como modelo nórdico individualista, lo que sucede es que en España, las familias no cuentan con el apoyo administrativo existente en los países nórdicos, como por ejemplo, el caso de Suecia, que ha sido uno de los primeros en aplicar políticas para la conciliación laboral y familiar, lo que ha hecho que su tasa de natalidad se incremente hasta situarse en uno de los valores más altos dentro de la Unión Europea.

El problema de este modelo es, de acuerdo con González-Pineda (2009), que ante la imposibilidad de conciliar la vida laboral y familiar, los hijos se encuentran más expuestos. Crecen casi sin un referente, ya que pasan muchas horas en la guardería y cuando llegan a casa, sus padres están cansados tras una larga jornada laboral, por lo que no les dedican todo el tiempo que le gustaría.

Las generaciones venideras van imponiendo su forma de entender la paternidad y la maternidad, derivada de sus nuevos valores, opciones y estilos de vida. Por tanto, según González-Pineda (2009), la diferencia principal habría que buscarla más que en  las nuevas formas familiares, en los nuevos valores y comportamientos, diferentes a los de años atrás.

Según Alberdi (1999), estos valores serían, principalmente:

 Libertad y bienestar. Las condiciones de vida han mejorado considerablemente en la sociedad occidental, las relaciones han cambiado, dejando atrás el patriarcado, por lo que tanto ambos miembros de la pareja contribuyen de manera equilibrada a la economía familiar. Por otra parte, los hijos se tienen por elección, son menos y están mejor atendidos.




Ética de la igualdad. Se ha pasado del principio de autoridad de épocas anteriores a una relación familiar basada en la igualdad de todos sus miembros, con independencia de su sexo. Además las nuevas leyes defienden la no distinción ni discriminación entre los hijos.






Solidaridad. Tanto con el núcleo familiar como con el resto de los parientes. Este valor ya existía en el concepto de familia tradicional y se mantiene. Se traduce en el intercambio de afectos, recursos económicos, realización de tareas domésticas, etc.



Aumento de la diversidad y la tolerancia. La libertad da lugar a diversas y legítimas formas de vida, de relaciones personales y de convivencia. También el aumento de la tolerancia se manifiesta en cuanto a la posibilidad de una pareja o matrimonio de decidir libremente si continuar o no con su relación.





Individualismo y privacidad. Esto podríamos relacionarlo más que con los cambios en la estructura familiar, con una consecuencia de la inclusión de la familia en la sociedad, en la que predominan actualmente valores como el individualismo, el valor de la vida privada, el sentido de la fugacidad de la vida y la urgencia de las gratificaciones inmediatas.




Los modelos de felicidad. La principal diferencia entre las familias tradicionales y las actuales es su finalidad, que en el caso de la familia actual es la felicidad de todos los  miembros y aquí radican los principales cambios y diferencias entre ellas.




Ante esto podemos plantearnos, 

¿Son mejores los valores actuales que los tradicionales?

¿Cómo repercuten estos valores en la educación?


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