En síntesis, hemos podido
observar que existen diferentes niveles de participación: individual (menos
visible) y colectiva (más visible, pero que resulta muy poco interesante para
una parte relevante de las familias, y de la que se benefician también, puesto
que siempre hay alguien que hace el trabajo).
A pesar de esta evolución, en la
práctica el cambio es lento y, a menudo, complicado, puesto que aparecen
resistencias en las dos instituciones, familia y escuela. La incorporación reciente
al sistema educativo de este discurso democratizador y participativo debe
vencer dinámicas históricas de comportamiento de roles. Como hemos indicado, es
preciso que la participación en los consejos escolares, definida por la ley y adaptada
a cada escuela, y en el AMPA resulte más atractiva a las familias. El hecho de
conseguir que esta participación se lleve a cabo está íntimamente ligado al
cambio de actitudes de profesionales y familias. Hemos intentado identificar algunas
cuestiones condicionantes de estas relaciones. Concretamente, hemos destacado
la necesidad de tener en cuenta:
- Los espacios del centro y su entorno.
- La organización del centro.
- Las representaciones, la actitud y las expectativas de las familias.
- La dinámica de trabajo, las actitudes y las expectativas de los docentes y de otros profesionales del centro.
- Los canales de comunicación y su eficiencia.
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